07 Abr La mentira más repetida sobre evangelizar en redes
Durante años se ha repetido la misma idea: hay que estar en redes porque allí está la gente. Yo misma así lo he dicho.
La frase suena bien. Es fácil de decir, parece moderna y da una cierta sensación de actualización pastoral. Pero vamos madurando y sinceramente, pensada con un mínimo de rigor, dice muy poco. Claro que la gente está en redes. Eso ya lo sabe cualquiera. La cuestión no es esa.
La pregunta actual, más seria, es otra: qué le pasa a la fe, a la autoridad religiosa y a la comunidad cristiana cuando entran de lleno en la lógica de las plataformas.
Ahí empieza el debate real. Y ahí es cuando se cae buena parte del discurso más superficial sobre evangelización digital.
Porque una cosa es publicar contenido religioso en internet. Y otra muy distinta es comprender que internet no es un escaparate neutro. Instagram, YouTube, TikTok o X no funcionan como simples altavoces. Son entornos que premian ciertas formas de hablar, ciertos ritmos, ciertos estilos de presencia, ciertos liderazgos y ciertas emociones.
Dicho sin adornos: la evangelización digital no consiste en subir cosas católicas a redes. Si fuera así, bastaría con reciclar frases del Evangelio, citas del Papa, clips de homilías y un par de reels con música inspiradora. Pero no basta. Y muchas veces no funciona.
Lo que está ocurriendo en realidad es más profundo. Lo digital no solo amplía la comunicación religiosa. La reconfigura.
Antes, la autoridad religiosa se apoyaba más claramente en el cargo, la institución, la pertenencia visible a una estructura. Hoy eso ya no basta. En el ecosistema digital, la autoridad también se construye con narrativa, claridad, tono, continuidad, capacidad de respuesta, cercanía percibida y validación de audiencia.
Eso cambia mucho las reglas del juego. Hoy una persona puede convertirse en referente religioso para miles sin ocupar un lugar relevante en la estructura institucional clásica. Puede enseñar, interpretar, responder, influir y acompañar desde una cuenta personal. Puede tener una capacidad real de modelar imaginarios, criterios y formas de vivir la fe.
Y esto no es una teoría. Ya está pasando.
El problema es que la práctica va por delante de la reflexión. Hay mucha actividad digital católica, pero bastante menos pensamiento serio sobre lo que esa actividad está produciendo. Hay entusiasmo. Hay buena voluntad. Hay intuición. A veces hay creatividad. Pero también hay bastante confusión.
Y una de las confusiones más graves es esta: confundir visibilidad con fecundidad. Como un vídeo tiene alcance, se da por hecho que ha evangelizado. Como una cuenta crece, se interpreta como fruto pastoral. Como un contenido emociona, parece que ya ha generado transformación espiritual. No necesariamente.
La lógica de plataforma premia la atención. Pero la atención no es conversión. Tampoco es discipulado. Ni formación sólida. Ni inserción en una comunidad. Ni perseverancia en la fe.
Éste es uno de los grandes autoengaños del momento: usar métricas de marketing como si fueran indicadores de vida cristiana.
No, un pico de visualizaciones no equivale a un proceso de fe. Ni un carrusel viral es formación seria. Un creador católico con mucho engagement no está necesariamente generando comunidad eclesial. Puede estar generando otra cosa: afinidad, consumo espiritual rápido, identificación emocional o marca personal con estética religiosa.
Y conviene decirlo con claridad, porque si no todo se llena de triunfalismo barato.
También se comete otro error: pensar que el gran desafío de la evangelización digital es técnico. Como si todo dependiera de editar mejor, usar el formato correcto, entender el algoritmo o publicar a la hora adecuada.
Todo eso influye, sí. Pero no es lo principal. El núcleo del problema no es técnico. Es eclesiológico, cultural y formativo.
La pregunta de fondo no es “cómo llegamos a más gente”, sino qué estamos construyendo realmente. ¿Audiencias o comunidad? ¿Seguidores o creyentes maduros? ¿Consumo de contenido o procesos de acompañamiento? ¿Influencia religiosa o inserción eclesial?
Porque las plataformas empujan hacia una dirección bastante concreta: la personalización. Quieren rostros, estilos propios, voces fuertes, relato, inmediatez, conflicto, cercanía. Todo eso favorece el surgimiento de figuras carismáticas. Y no hay nada malo en que existan buenos comunicadores. El problema empieza cuando la visibilidad personal crece mucho y el anclaje comunitario o institucional se debilita.
Entonces aparece una figura cada vez más común: referentes muy visibles, muy seguidos, muy escuchados, pero insuficientemente vinculados a una comunidad real o a una estructura de responsabilidad clara. En otras palabras: autoridad religiosa flotante.
Ése es uno de los riesgos más serios del ecosistema digital contemporáneo. No porque toda visibilidad sea sospechosa, sino porque la visibilidad sin vínculo puede producir autoridad sin suficiente rendición de cuentas. Y eso, tarde o temprano, pasa factura.
Hay además un tópico que convendría jubilar: “hay que hablar el lenguaje de los jóvenes”. La frase se repite muchísimo y suele esconder una enorme pereza mental. ¿Qué significa exactamente? ¿Hablar rápido? ¿Usar humor? ¿Vestirse informal? ¿hacer vídeos cortos? ¿rebajar la complejidad? ¿eliminar matices? ¿convertir la fe en frases impactantes?
Hablar de forma comprensible no significa banalizar. Adaptarse al entorno digital no exige vaciar el mensaje. El problema es que muchas propuestas, en nombre de la accesibilidad, terminan ofreciendo una fe simplificada hasta volverse frágil.
La buena divulgación no trivializa. Ordena. Hace inteligible sin destruir la densidad de lo que comunica. Y en materia religiosa eso es decisivo. Porque una fe reducida a impacto emocional, consumo rápido y frases memorables puede ser muy compartible, pero también muy superficial.
Por eso la cuestión no es si hay que estar en digital. Eso ya está resuelto. La cuestión es cómo y para qué.
Hay proyectos que usan las redes como simple tablón de anuncios. Están, pero no comunican. Otros generan contenido atractivo, pero sin continuidad formativa. Otros logran gran visibilidad, pero giran demasiado alrededor del creador. Otros tienen buena intención, pero ninguna comprensión real del medio. Y unos pocos empiezan a hacer algo más inteligente: pensar en términos de ecosistema.
Ahí está el cambio importante. No se trata de preguntar solo “qué publicamos hoy”. Se trata de preguntarse “qué proceso estamos proponiendo”.
No se trata solo de producir más contenido. Se trata de construir mejor arquitectura editorial.
No se trata simplemente de presencia online. Se trata de diseñar itinerarios de relación, formación y acompañamiento.
Eso cambia completamente el enfoque.
Para quien enseña, implica dejar de reducir la evangelización digital a herramientas y formatos. Hay que enseñar también cómo cambia la autoridad, cómo se reorganiza la comunidad, cómo operan los incentivos de plataforma y cómo distinguir entre éxito aparente y fruto real.
Para quien forma instituciones, implica superar el nivel más básico de “hay que abrir redes”. Eso ya no basta. Hace falta pensar gobernanza comunicativa: quién habla, con qué legitimidad, con qué apoyo, con qué protocolos, con qué conexión a la comunidad real.
Para quien crea contenido, la pregunta decisiva es incómoda pero indispensable: ¿esto conduce hacia Cristo, hacia una comunidad viva y hacia un proceso de fe, o conduce principalmente hacia mi canal?
Me parece que esa pregunta es más importante que muchas estrategias.
Porque una parte del discurso dominante sobre evangelización digital está inflada. Tiene mucho de entusiasmo, algo de ingenuidad y bastante de humo. Se habla de oportunidad histórica, de nueva plaza pública, de creatividad pastoral, de presencia imprescindible. Pero muchas veces todo eso se formula sin suficiente precisión conceptual.
Y cuando no hay precisión, suele haber autoengaño. La realidad es menos brillante y más exigente.
Sí, lo digital abre oportunidades enormes. Permite llegar a personas que no se acercarían nunca a una parroquia. Facilita respuestas rápidas a preguntas reales. Da visibilidad a testimonios valiosos. Puede servir como primer umbral de búsqueda. Puede abrir procesos. Puede acompañar.
Pero también introduce distorsiones. Simplifica. Acelera. Premia lo polarizante. dificulta el matiz. Mezcla formación, opinión, entretenimiento y marca personal en un mismo flujo. Genera intensidad sin garantía de profundidad.
Por eso no sirve ni el pesimismo torpe ni el optimismo ingenuo. Ni todo lo digital corrompe la fe, ni toda innovación digital es ya misión. Las dos posturas son pobres. Las dos fallan por lo mismo: analizan poco. La posición seria es más sobria y más exigente.
La misión digital importa, sí. Mucho. Pero solo se entiende de verdad si se la piensa como una reconfiguración de la autoridad, la comunidad y el aprendizaje de la fe en entornos de plataforma.
Todo lo demás es, en el mejor de los casos, lenguaje impreciso. Y en el peor, humo pastoral.
El futuro de la evangelización digital no depende de publicar más. Depende de comprender mejor qué está ocurriendo. Porque el problema no es que la Iglesia entre en redes. El problema es entrar sin entender que las redes también entran en la Iglesia. Y eso cambia todo.
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