27 Abr Cuando el mal se vuelve digital: lo que me preocupa como creyente y comunicadora
En estos días he estado siguiendo con mucha atención la noticia del próximo Curso sobre el Ministerio del Exorcismo y la Oración de Liberación que se celebrará en Roma, centrado este año en el auge del satanismo y el papel de la inteligencia artificial en este fenómeno.
Más allá del titular llamativo, lo que ahí se está trabajando toca temas que me preocupan profundamente: el uso espiritual (y a veces perverso) de la tecnología, la vulnerabilidad de los jóvenes y la necesidad de una colaboración real entre religiones y profesionales de la salud mental.
IA, satanismo y vulnerabilidad humana
Me impresiona especialmente la advertencia de algunos expertos: ciertos grupos vinculados al ocultismo ya estarían utilizando sistemas de inteligencia artificial para comunicarse, captar y esconder su actividad en el entorno digital.
No hablamos solo de ideas peligrosas, sino también de la posibilidad de crear imágenes manipuladas o generadas por IA que rozan, por ejemplo, el abuso de menores en contextos pseudo‑rituales, aunque no haya pruebas claras de que se usen en ritos organizados.
Como creyente y como profesional de la comunicación, esto me plantea una pregunta muy concreta: ¿qué estamos haciendo para educar en un uso responsable de la tecnología y para acompañar a quienes se sienten atraídos por estas experiencias de poder, magia o control?
La IA no es “el demonio”, pero puede convertirse en un instrumento muy eficaz para amplificar el daño cuando falta sentido crítico, ética y acompañamiento humano.
Un signo de nuestro tiempo espiritual
Me llama la atención que, en este curso de Roma, se sienten a la misma mesa sacerdotes, imanes, rabinos, profesionales de la salud y expertos en distintas tradiciones religiosas.
Eso me recuerda que el mal, el sufrimiento espiritual y la manipulación de las conciencias no entienden de fronteras confesionales ni ideológicas: nos interpelan a todos.
También me llega el testimonio de muchas personas que acuden a la Iglesia después de experiencias con rituales, magia o espiritualidades alternativas que les han dejado heridas, confusión y miedo.
Creo que esto revela un vacío de sentido muy hondo en nuestra cultura, donde la tecnología promete poder pero no siempre ofrece respuestas a las preguntas más humanas: ¿quién soy?, ¿a quién pertenezco?, ¿cómo puedo amar y ser amado?
Algunas convicciones que quiero compartir
Desde mi propia mirada de fe y de trabajo en el ámbito comunicativo, hay varias convicciones que siento urgentes:
1. Necesitamos educación digital con profundidad espiritual: no basta enseñar a usar herramientas; hay que ayudar a discernir símbolos, narrativas y comunidades que pueden ser destructivas.
2. La colaboración entre fe y psicología es imprescindible: no todo es espiritual ni todo es psicológico; el acompañamiento integral exige escuchar el cuerpo, la mente y el alma.
3. Hace falta una ética clara de la IA: no todo lo que se puede crear debe crearse; proteger a los más vulnerables (especialmente a los menores) tiene que ser una prioridad innegociable.
El diálogo interreligioso no es opcional: ante desafíos tan complejos, es un signo de madurez que distintas tradiciones se unan para defender la dignidad humana.
Y tú, ¿cómo lo ves?
Comparto estas reflexiones porque creo que el auge del satanismo, el interés por los exorcismos y el uso de la inteligencia artificial en todo ello no son una simple anécdota para periodistas curiosos.
Son un espejo incómodo de nuestras búsquedas espirituales, de nuestras heridas y de cómo usamos la tecnología en medio de ellas.
Me gustaría leerte: ¿qué preguntas te despierta este tema? ¿Cómo crees que podemos, desde nuestro trabajo diario, contribuir a que la tecnología, la fe (o las convicciones profundas de cada uno) y el cuidado de los más frágiles vayan de la mano en vez de enfrentarse?
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