¿Se puede recuperar la confianza?

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¿Puede una rosa destrozada volver a lucir su belleza en todo su esplendor? ¿Puede un cristal roto volver a unirse sin señal? He aquí el milagro del amor. Pero ¿existe un amor tan grande así? Dios nunca pierde su confianza en nosotros a pesar de todos nuestros fallos y desaciertos. ¿Necesitamos un amor perfecto para recuperar la confianza perdida en otro? Yo pienso que basta amar y sentirse amado con sinceridad, pero no viene solo, hay que querer y dar unos pasos.

XISKYA VALLADARES / Neupic

04-03-2015 – Confiar en alguien es arriesgar nuestra seguridad en esa persona. El niño que se lanza desde arriba en brazos de su padre, tiene la seguridad de ser acogido. ¿Qué hay detrás? Está claro que un saberse amado de verdad. Pero ¿qué pasa si una vez el padre calcula mal (o se despista) y el niño se golpea? ¿Significa que le ha amado menos? No, pero al niño le entra miedo y probablemente tardará en volverse a lanzar  (otras veces he escrito que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo).

La confianza, por tanto, es la seguridad que nos da otro basada en una experiencia previa de amor y de buena intención. Perderla supone haber estado seguros y pasar de pronto a sentirnos con miedo a lo que pueda pasar. Para mí, es una de las experiencias más dolorosas que se pueden tener en las relaciones personales. Pero plantearnos la recuperación o no de la confianza perdida -siempre lo he dicho- dependerá principalmente de dos factores:

1) Buena o mala intención: ¿Nos fallaron con mala intención o se trató de un error a la hora de buscar nuestro bien, o sea, basados en una buena intención? No nos conviene rodearnos de gente con mala intención, pero tampoco nos conviene despedirnos de gente buena, aunque imperfecta, que ha podido no acertar en la búsqueda de nuestro bien.

2) Grado de amor: ¿Nos sentimos realmente queridos por aquel que nos ha fallado de manera que vemos su dolor por habernos hecho sufrir? A su vez, ¿nos importa tanto quien nos falló como para querer perdonarle y considerar que merece otra oportunidad? Consideremos que el amor ni se impone, ni es solo cuestión de sensiblería, sino que tiene  mucho que ver con el sentimiento  más profundo (no siempre sensible) y también con la voluntad.

Dios es Aquel que hagamos lo que hagamos nunca deja de confiar en nosotros y darnos continuamente otra oportunidad. Por lo que recuperar la confianza en Dios siempre será más fácil para cualquiera. Basta con que haga silencio y sienta cómo Dios le sigue amando y creyendo siempre en sus buenas intenciones. No porque Dios sea un tonto, sino porque es el Amor mismo que canta San Pablo, ese que “todo lo cree, todo lo espera, todo confía”… Mientras nos sabemos amados de alguien, nos sabemos siempre perdonados, y siempre unidos. Y Dios hace eso con nosotros todos los días porque ¿quién es tan perfecto que nunca se equivoca ni hace daño?

Sin embargo, con las personas es más complicado. Primero hay que sanar las heridas del resentimiento que se crean, luego hay que discernir la intención en lo ocurrido, y finalmente medir el grado de nuestro amor.

Paso 1: Sanar las heridas del resentimiento. Sanar heridas requiere paciencia, por tanto tiempo, pero también tratamiento. En el caso de las relaciones personales, este tratamiento solo es posible desde el diálogo sincero de lo ocurrido. Es posible que pase un tiempo en que no se pueda hablar porque la herida está en ‘carne viva’, pero un tiempo prudencial -según los expertos- es tres meses. Después es conveniente hablar para aclarar los hechos. Pero este diálogo no se trata de un ajuste de cuentas. Tiene unas condiciones: a) Poder expresar ambas partes aquello que les ha dolido del otro. b) Aceptar lo ocurrido tal como lo contamos, sin cuestionar su veracidad. c) Poder preguntar acerca de lo que no nos queda claro de lo hablado.

Paso 2: Discernir la intención de la persona. ¿Cómo saber si hubo buena o mala intención? Podemos intuirlo desde dos aspectos: a) Uno, desde la experiencia que tenemos de bondad o maldad de la persona. b) Dos, desde la explicación que ésta nos da de las razones que le llevaron a actuar así. Es muy difícil que alguien actúe con mala intención. No imposible. Pero sí muy difícil. ¿Por qué? Porque todos tenemos carencias, experiencias pasadas, necesidades, momentos de desacierto, etc. que pueden condicionarnos en un momento y llevarnos a error con muy buena intención. “Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”, dijo Jesús. No significa que, a veces, no haya mala intención en alguien. Aún así, es muy importante el reconocimiento del propio error, pedir perdón y explicar lo aprendido y crecido con lo que ocurrió, para dar seguridad de que no se repetirá. Yo creo que Dios permite nuestros errores como regalo para nuestra humildad y crecimiento, la vida es toda ella un continuo aprendizaje y qué difícil condenar a alguien arrepentido cuando Dios jamás nos condena“Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá” (Mt. 7,2)

Paso 3: Medir el grado de nuestro amor. Todo lo anterior puede estar muy bien, pero en verdad nos lo jugamos todo en este punto. ¿Puede una rosa destrozada volver al esplendor de su belleza? ¿Puede un cristal roto pegarse sin señales? ¿Puede una herida profunda sanarse sin cicatriz? He aquí el milagro del amor. El que se sabe amado, sabe que la vida vencerá… ¿nunca viste las hierbas crecer hasta entre las baldosas? El que se sabe auténticamente amado, sabe que el amor -incluso imperfecto- nunca busca el mal y por eso puede dar otra oportunidad. Cierto es que hay situaciones tan delicadas que solo yendo más hondo y más adentro de uno mismo se puede recuperar la confianza perdida en otro. El amor no es ciego, nos ve y nos acoge con nuestras virtudes y defectos, y si no, no es amor. Pero para llegar a un amor tan profundo hace falta un proceso hondo en quien está más resentido. El que más ama es el primero en perdonar y pedir perdón.

Me gusta repetirlo: Lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo. Miedo en desnudar el alma, que es miedo en confiar. No es posible el amor sin confianza. ¿Y qué hace el miedo? El miedo retrae, el miedo aísla, el miedo separa, porque el miedo nos hace huir. El miedo pone barreras que nos hacen parecer indiferentes, distantes y fríos porque son nuestras formas de protección. Mientras que el amor es paciente, es confiado, es sencillo, es cercano, es cariñoso, es entregado.

Así que vuelvo a la pregunta inicial: ¿Se puede recuperar la confianza perdida? Y mi respuesta es sencilla: ¿Cuán hondo y auténtico es el amor vivido? No pregunto cuán perfecto es, porque nuestra humanidad hace que todo lo nuestro siempre tenga que irse perfeccionando a la imagen de Cristo, también nuestro amor siempre tendrá que madurar hasta llegar al ideal: “Por que el amor todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta…” (1 Cor. 13, 1-13). Ama así y serás más libre y más feliz.

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