¿Qué hago con el mal que recibo?

playa

“El verdadero amor no tiene en cuenta el mal recibido. Goza haciendo el bien”, dice un tuit del papa Francisco. Pero ¿esto es realmente posible en todos los casos? ¿Eso de poner la otra mejilla es para todos los cristianos por igual? ¿Qué hago con el mal recibido? ¿Y cuando se trata de un familiar o de un amigo? Cuanto más cerca, más duele…

XISKYA VALLADARES / Neupic

09-02-2015 –  Después de una temporada de viajes, charlas y desgaste físico y emocional, por causa de los cristianos perseguidos de Irak, toca parar un poco y descansar. En ese parón tomo conciencia de todo lo vivido y me pregunto qué pasa con todo eso: el bien dado y recibido, los autoengaños cegadores, las emociones en juego, los cuestionamientos internos, y también ¿por qué no decirlo? los golpes o chascos propinados.

Creo que el peor error de una persona no es equivocarse gravemente, sino huir de lo que le pasa y no saber afrontarlo. Parto de la premisa de que todos los que me leéis sois buenas personas. Pero también es cierto que todos, alguna vez en la vida, por muy buenos que seamos (no somos perfectos), hacemos daño a alguien por error involuntario. Y a la vez recibimos golpes muy duros de quienes menos lo esperamos. Pienso en la madre que ha dado su vida por sus hijos y espera cariño y comprensión de ellos pero no lo recibe. Pienso en la esposa que después de entregarse años a su marido y a sus hijos, se entera de que ha sido engañada por él. Pienso en el misionero que se ha dejado la piel por un pueblo y uno de ellos lo traiciona o lleva a juicio injusto. Pienso en el amigo que ha confiado plenamente y de repente siente traicionada su confianza.

¿Qué nos pasa por dentro cuando hacemos el bien y recibimos daño a cambio? El papa dice que “el amor no tiene en cuenta el mal recibido” pero una cosa es decirlo y otra muy distinta es vivirlo. Todo golpe duele. Toda herida requiere tiempo para cicatrizar. Todo mal recibido crea una experiencia de dolor y digerirlo es un proceso lento y duro. Ayer paseaba por la playa y observaba cómo el agua del mar acariciaba suavemente la arena borrando todas las huellas que en ella estaban. De inmediato pensé que ojalá fuéramos capaces de dejarnos acariciar por Dios para que su suave roce borrara nuestras heridas. Este tiempo he visto y escuchado muchas historias de dolor en mi alrededor y muchas veces he hecho mío ese dolor ajeno. Entiendo lo que es sufrir una injusticia, una decepción, un abandono, una soledad.

Pero el meollo de la cuestión no está solo en que el tiempo sane las heridas. Necesitamos tiempo, pero nunca será el tiempo quien cure el dolor. Necesitamos un proceso doloroso de toma de conciencia, de aceptación y de decisión.

  1. a) Tomar conciencia (y no huir) de aquello que nos duele. En esa toma de conciencia basta reconocerlo, darte cuenta de que está ahí presente en tu vida pidiéndote atención y tenemos que llegar a ponerle nombre. No es una tarea tan fácil esa de ponerle nombre: decepción, abandono, soledad, peligro, tristeza, etc. ¿Qué siento realmente?
  2. b) Aceptar lo que ha pasado con todo lo que duele. En este paso necesitamos entender qué sucedió. Es importante reconstruir la parte de historia necesaria para comprender lo que pasó: qué ha llevado al otro a hacer lo que me ha hecho, qué parte de responsabilidad tengo yo, qué intenciones ha habido en todo ello. Hay personas que no se detienen en las intenciones, pero éstas son muy importantes para tomar decisiones después. En las intenciones podemos sopesar el amor o desamor que han tenido con nosotros.No es lo mismo querer hacer mal a alguien porque ya no te importa que hacer daño a alguien por no detenerte a pensar o incluso por creer que con aquello ibas a hacer un bien para él. Esta distinción es muy importante y para ello necesitamos hablarlo para no equivocarnos también nosotros.
  3. c) Decidir qué quiero hacer con lo que me ha ocurrido. Es obvio que si he visto malas intenciones hacia mí, sería heroico (y a veces incluso insano) decidir restablecer la relación con quien me ha herido. La decisión en este caso es más clara: Alejarte de esa persona. Eso no significa desearle el mal. Cuando el papa dice “el verdadero amor no tiene en cuenta el mal recibido” es algo válido para todos y en todos los casos. Porque guardar rencor, recordar con dolor, albergar deseos de venganza, nos hace más daño a nosotros mismos que al otro. Incluso en el caso hipotético de llegar a matarle por lo que nos hizo, eso jamás saciará nuestra sed de venganza. Podrás matarle, pero así nunca matarás tu odio o tu rencor. Jamás vivirás en paz.

Lo más difícil es qué decidimos cuando el otro no tenía malas intenciones, sino que simplemente no midió o incluso quizás buscaba hacernos el bien aunque se equivocó. ¿Quién es capaz de asegurar que nunca se ha equivocado (por omisión o por acción) buscando el bien de alguien? La decisión en este caso depende de nuestra capacidad de amor. A más amor, más compasión. Sentir con el otro también su dolor conscientes de que ninguno somos perfectos. No es fácil sobrellevar el dolor de haber dañado por error cuando lo que se buscaba era hacer un bien. Una Hermana ya de edad a la que quiero mucho me decía hace unos días: “La fidelidad es importante, pero como todos cometemos errores, lo más grande es el perdón”. En este caso tiene más sentido que nunca la frase del papa que en verdad recoge una idea de San Pablo en su carta a los Corintios: “El amor no lleva cuentas del mal”.

Amigo/a, esposa/o, hermano/a, no dejes marchar de tu lado a esas personas que te quieren de verdad porque se han equivocado. Nadie es perfecto y todos metemos la pata alguna vez. Intenta entender qué les ha pasado, qué les llevó a actuar así. Si te quieren, no les niegues otra oportunidad. Todos podemos equivocarnos, pero todos podemos rectificar. Lo grande del ser humano es aprender juntos de nuestros errores. No dejes marchar a quien de verdad le importas y ha buscado tu bien. Seguro que si te quiere, aprenderá. ¿Acaso Dios no te ha dado a ti mil y una oportunidades? ¿Es que tú puedes asegurar que nunca te vas a equivocar?

Si amas, no te olvides:  “El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe, no es mal educado ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin limites, espera sin limites, aguanta sin límites”. (Corintios 13) Cada uno somos hijos de nuestra historia personal. Amarse es aceptarse con nuestras virtudes y defectos porque todos tenemos nuestros traumas y nuestras diferencias. Por eso el verdadero amor se mide, no cuando sentimos “gustirrinín”, sino cuando surgen las dificultades y nos toca reconocer nuestros defectos y superar nuestro orgullo para seguir amando en las diferencias y en los errores. Serás más feliz cuando vivas el amor así, incluso cuando el otro decida abandonarte.

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