La responsabilidad con misericordia

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Foto de Riccardo De Luca/AP Photo

XISKYA VALLADARES / The Objective

Cuando lo he leído, me ha costado creerlo. Pero es que el papa Francisco no para de sorprendernos.  L’Osservatore Romano informó ayer en portada que no renueva al coronel Daniel Rudolf Anrig, comandante de la Guardia Suiza, el cuerpo militar encargado de la seguridad del Estado de la Ciudad del Vaticano. Y, aunque el Vaticano ha desmentido que se trata de un despido, lo más asombroso son los motivos que arguyen los digitales italianos: 1) por ser demasiado estricto, 2) porque el papa quiere una desmilitarización del Vaticano, 3) porque a Francisco no le gustó que el coronel se hiciera un apartamento demasiado lujoso arriba de los cuarteles de la Guardia Suiza. ¿Serán rumores? Fuentes del Vaticano me han confirmado que sí, pero no obstante parecen argumentos lógicos teniendo en cuenta el estilo que Francisco está dando al Vaticano.

Me interesa sobre todo lo que significaría todo esto como mensaje del papa mediante acciones y no solo con palabras. Creo que vivimos en el tiempo del testimonio de vida y no de los sermones. Francisco predica cada mañana en la misa de la Casa Santa Marta, pero durante el resto del día vive aquello que ha predicado. Y nos los está demostrando con sus decisiones. Ha dicho que quiere una “iglesia pobre y para los pobres” y todo parece indicar que no le gusta que ni sus obispos, ni nadie de la Santa Sede o de la Iglesia, se hagan un apartamento suntuoso. Hace unos meses retiró al obispo alemán Franz-Peter Tebartz-van Elst que se había gastado 31 millones en su “casita”. Los obispos de Alemania han desmentido que el comandante de la Guardia Suiza se hiciera uno sobre los cuarteles. Pero igualmente, al papa no le gustan actitudes en esta línea.

Francisco en la Evangelii Gaudium escribió: «Citando a san Agustín, advertía que los preceptos añadidos por la Iglesia posteriormente deben exigirse con moderación “para no hacer pesada la vida a los fieles” y convertir nuestra religión en una esclavitud, cuando “la misericordia de Dios quiso que fuera libre”». Parece lógico que tampoco quiera un comandante excesivamente autoritario y estricto para su Guardia Suiza. Pero no deja de sorprender porque todos sabemos que en la vida militar esto es lo que se valora y que la seguridad vaticana es algo serio. Sin embargo, Francisco de algún modo parece valorar que en el servicio a la seguridad no hace falta “pasarse” ni ser duro. Lo hemos visto muchas veces saludando al rígido guardia suizo que le responde con una sonrisa cuando jamás habíamos visto a uno de estos sonreír. Esto mismo es extensible a cualquier autoridad, siempre que se valore y se comprenda como un servicio y no un poder. Pero qué difícil es a veces que la cizaña no ahogue el trigo en nuestro corazón y más cuando estamos “arriba”.

El equilibrio nunca ha sido fácil: «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio» (EG, núm. 114). Está claro que para eso, todo lo que sirve y rodea a la Iglesia debe estar en sintonía con esa misericordia. Y tendríamos que sentirnos culpables cuando esto no es así.

Pero la Iglesia no es solo el papa. La Iglesia somos todos los bautizados. Y las palabras de Jesús son para todos: «Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» (Mt. 5,7). El mensaje es muy claro: «Porque tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia se ríe del juicio» (St. 2,12-13). Y la misericordia no está reñida con la justicia ni con la rectitud ni con la responsabilidad.

Pero entonces ¿qué es misericordia? La palabra viene del latín miser (miserable, desdichado), cor, cordis (corazón) y el sufijo -ia. Significa la capacidad de sentir la desdicha de los demás. También puede interpretarse según el verbo miserere como compadecerse. Y si tenemos en cuenta otra combinación más complicada de sus lexemas, sería el corazón que se da al que está lejos del amor o es enemigo del amor.

Con la definición en la mano, cada uno sabemos lo que debemos hacer. ¿Siento como mía la desdicha de los demás? ¿Me compadezco del que tengo más cerca? ¿Doy mi corazón al que no puede amar? Si nos lo tomamos en serio, la respuesta a estas preguntas trae consecuencias importantes en nuestra vida. Decisiones, a veces, como la del papa que cambia al comandante de la Guardia Suiza. Es así como se comprende que «el imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno» (Francisco)

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