La fe no se impone, se propone

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11.04.2014 – Una bomba, escondida en una caja de verduras, explotó en hora punta en un mercado de Islamabad (Pakistán) matando a 21 personas y ha dejado 30 heridos. Lo curioso es que ningún grupo ha reivindicado el ataque e incluso el mismo portavoz de los talibanes paquistaníes lo ha condenado.

Si el mal de por sí carece de sentido, más irracional se convierte cuando afecta a inocentes y encima ni se da la cara ni se ofrece explicación alguna. La situación de terror y barbarie a la que se llega con actos terroristas de este tipo, motivados por temas religiosos y sostenidos en largos períodos de tiempo, me lleva a plantearme qué nos sucede cuando la religión se un interés político que lleva a guerras sin final.

“La fe no se impone, se propone” decía Juan Pablo II en Cuatro Vientos la última vez que vino a Madrid, en mayo de 2003. Sin embargo, religiones como la de los talibanes no sólo imponen, sino que castigan, a quien no piensa ni actúa como ellos en la sociedad. A las mujeres, por ejemplo, las azotan si no ocultan sus tobillos, o si no lavan la ropa en ríos, o si se asoman a los balcones o suben a un taxi sin su marido. Por supuesto que no pueden trabajar fuera de casa, ni estudiar junto con hombres, ni ser tratadas por médicos varones, deben llevar burka, se les lapida públicamente por tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, etc.

Y estoy segura de que muchos compararán las imposiciones talibanes con las de cualquier otra religión, incluso con la católica. Desde luego no tiene punto de comparación. Pero he de admitir que muchas veces, aunque en mucha menor medida y modos muy distintos, los cristianos también nos comportamos como fariseos o como talibanes. Cuando nos creemos con toda la verdad del mundo, cuando nos sentimos los buenos frente a los males que serán los que piensan diferente, cuando nos volvemos duros en nuestros juicios e intransigentes con los demás, cuando la misericordia brilla por su ausencia. Y comprendo que algunos, más débiles en la fe, rechacen a un dios tan cruel. Yo tampoco creo en un dios así.

Una religión que impone y castiga yo también la rechazo. Pero el Dios en quien creo habla de misericordia, de perdón y de amor. Y no sólo de palabras, sino con su vida entregada al servicio de los más pobres y débiles hasta el extremo de una cruz. No habla de religión. Habla de humanidad, de abajamiento, de servicio, de amistad. Quizás nos queda mucho por descubrir hasta comprender realmente las palabras de Juan Pablo II y poder construir una sociedad democrática de verdad. “La fe no se impone, se propone”.

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